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Mayo 24 de 2008
Ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, habla de qué es eso de ser afrocolombiano
Bailando en Quibdó, durante las fiestas de San Pacho.
"No entro tanto en el tema de la discriminación, porque cuando uno discute mucho un problema, lo agranda. Me interesa construir", dice, a propósito de la semana de la diversidad cultural.
"Y usted, ¿quién es? ¿De dónde la sacaron? ¿Cómo hizo para llegar a Cambridge? ¿Cómo que habla varios idiomas? ¿Sus papás quiénes son?", fue la ráfaga de preguntas que le hizo una señora a Paula Marcela Moreno en mayo del año pasado, por los días en que la comidilla del mundo cultural era su nombramiento en el Ministerio de Cultura.
Negra y sin otros abolengos que preparación y capacidades (dominio del inglés, el francés y el italiano y maestría en administración en la Universidad de Cambridge), para entonces con 28 años, ya había prestado sus servicios a entidades tan distintas como la Organización Panamericana de la Salud, el Ministerio del Interior y Justicia, las Naciones Unidas, comunidades de artesanos y universidades.
Ella sabía que si en vez de ser negra, con una presencia de esas que se nota desde que pisa la entrada, hubiera sido una rubia ojiclara, nadie habría hecho preguntas. Y que, tal vez, ni siquiera hubieran dicho, como se dijo hasta el cansancio, que había sido impuesta por senadores de Estados Unidos como condición para aprobar el TLC.
No le mueve el piso eso. En el barrio Casablanca de Bogotá, donde nació, en medio de familias humildes, tenía un escudo mental que le regaló doña Zenyde, su mamá. Y lo endureció al ser la única estudiante negra de la Concentración Distrital Marsella.
Es heredera de una tradición que empezó con su abuela, una vendedora de millo de la plaza de Santander de Quilichao, cuya prioridad era que sus hijas estudiaran. Zenyde, la mamá de la ministra, se graduó de auxiliar de odontología y luego de abogada. Por ahí derecho eliminó del léxico familiar la frase "no se puede" y proscribió el "porque soy negra" para justificarse.
Esa educación la ha convertido en un referente de los negros en un país cuyo gabinete ministerial ha tenido hombres negros que se cuentan en una mano y sobran dedos.
No se cree lo de ser ejemplo
"En mi primer viaje a Buenaventura, estuve con jóvenes que me decían: usted es como nosotros y ver que llegó allá nos da esperanza", recuerda esta mujer, que trasluce la conciencia que tiene de lo que representa para su raza.
Ser un ejemplo es algo que no se cree mucho. "Al final, todos somos humanos y el dolor siempre será el mismo en cualquier condición, pero es importante mostrarle a la gente de esas zonas un referente, sea quien sea. ¿Qué me diferencia de un muchacho de Timbiquí o de San Onofre o de María La Baja? Nada. Las raíces son las mismas", dice.
Ocupada en sus asuntos, no tuvo tiempo de pensar en los problemas, sino en las soluciones. Y aunque hoy es la afrocolombiana más poderosa del país, no se ha dedicado, como muchos temieron, a preferir a los afrocolombianos por encima de los demás y enrostrarle al país lo que todos saben pero casi nadie dice: que en Colombia hay racismo.
"No entro tanto en el tema de la discriminación, porque cuando uno discute mucho un problema, lo agranda. Me interesa construir mostrando lo positivo de Colombia, que en las comunidades hay cosas que no son exóticas sino muy interesantes y el país se está perdiendo eso".
No se refiere solo a los afrocolombianos. Ella es la misma conversando con grandes empresarios y posibles patrocinadores del Salón Nacional de Artistas, en Cali, que escuchando a un cacique en una maloka del corregimiento de La Chorrera, en el Amazonas, a donde esta semana llegó luego de mecerse tres horas en un avión de la Fuerza Aérea, en un día tan cerrado que ni las alas del aparato se veían.
Aún hoy la gente de los lugares adonde llega se pregunta en voz baja si la mujer que baja vestida de sastre del avión o que está caminando entre el pantano con sus botas cafés y su gorrito azul claro es la ministra de Cultura o, como le sucedió en La Chorrera, se trata de la medallista olímpica María Isabel Urrutia.
Según ella, le heredó el temperamento a la mamá, "una negra caucana con carácter". Por eso, a quien le tenga que decir las cosas se las dice. "Para mí es igual usted que el de más allá".
Eso lo probó hace poco un periodista que le dijo que el país tenía mucha pobreza cultural, a lo que la Ministra le aclaró, con firmeza, que si algo tenía Colombia era riqueza cultural. No parece que sea solo el discurso políticamente correcto de quien un día, de niña, le preguntó a su mamá si ella era "cafecita clara o cafecita oscura".
"En el colegio -recuerda- me decían que era cafecita clara. Era como si ser más clarita fuera mejor que ser oscurita". 'En la diversidad está la riqueza'
Negra orgullosa de serlo. Así llama a sus primos y así la llaman a ella. Aunque aclara que lo racial es el color y lo étnico hace parte de la identidad. Por ello, explica que cuando se habla de afrodescendiente se abarca un estilo de vida que proviene de culturas desarraigadas de África por la fuerza.
"La Unesco califica la esclavitud de los africanos como la mayor tragedia de la humanidad -dice-. Eran tratados como animales, combinados entre distintos países para que no pudieran dialogar.
Esto fue hace un poco más de 150 años. Cuando uno tiene un referente tan dramático en el que tratan de violar totalmente su identidad, uno busca cómo reafirmarla. Afirmar que soy afrocolombiana me permite decir que vengo de allá y reconocer las raíces africanas, que son valiosas".
Tampoco critica a los de su raza que, aun con un buen nivel educativo, puedan tener resentimiento, porque para ella cada cual hace su vida. "Hay gente con experiencias dramáticas. Si a uno no lo dejan entrar a un sitio o le hacen alguna cosa...".
Paula Marcela puede decir que su mejor amiga de la adolescencia tenía la piel tan blanca como es negra la suya.
Y aunque adora la salsa, que -dicen- baila bien, se declara aficionada del joropo ("taconeo chévere", dice) y se maravilla con Las Alegres Ambulancias, un grupo de cantadoras veteranas que llevan la tradición de Palenque y que parece que entonarán sus lamentos hasta que un día otras lo hagan para ellas.
Transformar el sufrimiento
"Este país tiene que reconocer que en esta diversidad cultural está la riqueza, que la tendencia a creer que lo homogéneo es mejor cambia. Que hay indios, afros, mestizos, que somos una mezcla, y le puedo decir que soy blanca, indígena y afro y que ¡tengo de todo! Es que soy caucana y bogotana. Mi Candelaria (centro histórico de Bogotá) es mi Candelaria, mis festivales son los míos, así como quiero a Guapi, que lo conocí hace cuatro años cuando estuve río adentro, me siento en mi casa cuando voy a Fúquene, donde trabajé con artesanos y por eso adoro su laguna".
Sabe que la vida no es fácil, pero no porque sea negra, sino porque no es fácil para nadie, pero tiene claro que siempre hay esperanza. Es más: dice que lo mejor de ser negro es la capacidad de superación, pues han sido capaces de transformar el sufrimiento de sus ancestros en cosas que estos nunca pudieron soñar.
Sabe también que igual de valioso es lo que pueden aportar todos los que conforman Colombia: "Es muy lindo un país con tantas voces, poder sentarme en una maloka de la Amazonia a que me enseñen qué es cultura, y que al final de la charla, el cacique me diga: 'Ministra, las ideas van amaneciendo'. Y uno se queda pensando en lo que él me dijo... ¡Huy! Las ideas van amaneciendo...".
DIEGO GUERRERO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO
Elisa Marvena Nyarai
SANKOFA Asociación Cultural
www.myspace.com/sankofacultura
http://sankofacultura.blogspot.com
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